La madre de los símbolos: La Estatua de la Libertad celebra sus 125

El obsequio llegó con diez años de demora a destino, fue mucho más costoso de lo calculado y, como si fuera poco, el obsequiado debió aportar una buena suma. No obstante, fue todo un éxito. La Estatua de la Libertad es uno de los símbolos más conocidos del mundo. Sinónimo de Estados Unidos y de Nueva York, de libertad, de democracia y de la esperanza que albergaron millones de inmigrantes al llegar a esas costas en busca de un futuro mejor. Este 28 de octubre, la estatua cumplirá 125 años.

La idea fue de Édouard Lefebvre de Laboulaye, político parisino y ferviente seguidor de los ideales de libertad estadounidenses, en particular ante el dictatorial régimen de Napoléon III que imperaba en Francia.

Obsequiar a los estadounidenses un símbolo de la libertad al cumplirse el centenario de su declaración de independencia era, por ende, simultáneamente un claro mensaje al emperador.

En 1865, cuando Laboulaye propuso el monumento, le pareció muy evidente que ambos países participarían en la obra. En ese momento, hasta el 4 de julio de 1876 todavía faltaban 11 años, así es que el escultor Frédéric-Auguste Bartholdi se puso manos a la obra.

En realidad, Bartholdi tenía previsto participar en la construcción de un enorme faro con el que se celebraría la inauguración del canal de Suez. Pero el proyecto nunca progresó.

Entonces, el escultor sacó los planos del cajón, esta vez para Nueva York. “Egypt Bringing Light to Asia” se transformó en “Liberty Enlightening the World”, y para Bartholdi no fue difícil hallar un modelo que sirviera de base al rostro de la futura libertad: su madre.

Pero semejante emprendimiento no se sostiene sin contar con buenos fondos. Muy buenos fondos. Los franceses hicieron lo suyo. Bartholdi vendió réplicas y Charles Gounod, después de su ópera maestra “Fausto”, compuso otra cantata para alentar las donaciones.

Entre tanto, Bartholdi encontró un buen lugar para ubicar la futura estatua: en la isla Bedloe, actualmente llamada “Liberty Island”, situada justo frente a la entrada del puerto de Nueva York.

Una vez presentadas en una exhibición, las partes de la estatua fueron empaquetadas y embarcadas rumbo a Estados Unidos.

En un primer momento, la alegría de los estadounidenses no fue precisamente desbordante. “Bueno, ¿usted se alegraría si tuviera que pagar por su regalo de cumpleaños?”, comenta Daphne Yun, de las oficinas del parque nacional de la isla. “Sí, la estatua era un obsequio, pero la base sobre la que sería colocada corría por parte de los estadounidenses”.

Tras un llamamiento del editor Joseph Pulitzer se lograron reunir 102.000 dólares. Un 80 por ciento de dicha suma se recolectó a través de donaciones de no más de un dólar. Hasta un jardín de infancia de Iowa envió 1,35 dólares.

La estatua llegó a su destino. Sin embargo, diez años tarde.

El 28 de octubre de 1886 había llegado la hora. Hubo un desfile hacia el puerto. En el camino, al pasar éste por delante de Wall Street, los accionistas, entusiasmados, lanzaron papelitos arrancados de sus blocks por las ventanas, e inventaron, según se dice, el confeti moderno.

A la isla sólo pudieron concurrir quienes habían recibido una invitación, y entre los invitados sólo había dos mujeres, ya que no se permitía la presencia de las damas por considerar que podrían resultar lesionadas en la marea de gente. No obstante, la isla fue rodeada por las “sufragistas”, que exigían con megáfonos algo que para la época era inaudito: el sufragio femenino.

“Se supone que es un símbolo de la democracia, pero en realidad es el símbolo de los inmigrantes”, comenta nuevamente Daphne Yun. No en vano la ruta del ferri, una vez visitada la estatua, continuó rumbo a Ellis Island, donde millones de inmigrantes temían que no se les autorizara la entrada al país.

“Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres, a vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad”, rezaba la estatua. Pero Estados Unidos no quería a todos los rendidos y pobres.

En la actualidad, la estatua es uno de los símbolos más famosos a nivel mundial. Todos lo conocen: quienes simpatizan con el país y quienes lo critican. Andy Warhol la pintó; Michael Jackson y Céline Dion le cantaron y David Copperfield la hizo desaparecer.

También aparece en la primera página de “América”, de Kafka, si bien con una espada en lugar de una antorcha. Se la ve en patentes de coches, monedas, logos y sellos postales. Y en las más diversas películas de ciencia ficción, donde aparece muchas veces como último resto de la cultura humana.

En Estados Unidos, sólo una de las últimas invenciones de esta época podría medirse con la importancia simbólica de la estatua: Coca-Cola. Pero la marca aún no ha logrado aparecer en ninguna moneda.

Fuente: dpa

~ por natzuky en 26 octubre 2011.

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